Mystic River ofrece, como pocas veces en el cine de los últimos años, una historia en la que el thriller y el drama su funden asombrosamente ante un espectador que queda atrapado tanto por la evolución de los personajes como por la intriga del relato. Escasas eran las ocasiones en las que un thriller americano se acompañaba últimamente de un compleja tragedia que escarba profundo en traumas, justicias y sentidos de la vida. Pero un par de detalles, en mi opinión, la impiden ser una obra maestra absoluta (dos aspectos que para comentar obligan a REVELAR DETALLES CLAVES DE LA PELÍCULA - SPOILER): el primero, que el guionista (y supongo que la novela) usa una misma idea dos veces: la que origina la intriga (y sobre la que se mantiene el suspense) es de nuevo utilizada para aclararla. El asunto no tiene poca importancia, pues toda la trama se sostiene sobre una clave: la simultaneidad, la casualidad de 2 hechos que ocurren al mismo tiempo. Y aquí hay dos, nada menos. Una origina la intriga. La otra la resuelve de forma trágica. Y quien esto escribe cree que la primera simultaneidad (los asesinatos) es una idea brillante. La segunda (las detenciones y el “ajusticiamiento”)... es demasiada coincidencia. La otra cuestión debatible es si resulta bien definido en el guión el papel de las mujeres: la esposa de Tim Robbins inexplicablemente no pide ningún tipo de justicia ni explicación alguna. La de Kevin Bacon -del teléfono- no aporta nada relevante salvo un gramo de felicidad final. Y el personaje de la fantástica Laura Linney -la mujer de Penn-, intrascendente durante dos horas, de repente nos lo definen a escasos minutos del final con un vehemente discurso que te deja clavado en la butaca. Dichas estas -pequeñas- quejas, sólo queda confirmar que, en conjunto, Eastwood y su insuperable reparto dan una lección de cine oscuro, sórdido, apasionante.
Pablo Kurt: FilmAffinity